Viajar en tiempos de YouTube

El viaje no es lo que era. Como en tantas otros aspectos de la vida, la tecnología y la interconectividad global han cambiado la forma en que viajamos, sobre todo en aquellos para quienes el viaje independiente —sin agencias ni guías— es la única opción con la que nos sentimos cómodos.

En la época de la información en red, planificas un viaje a una isla tropical y, mucho antes de sentir sus aguas templadas mojándote los pies, ya has visionado innumerables vídeos que te dan una idea fiel de cómo es la playa donde te alojarás, las opciones de vida nocturna o incluso el tipo de peces que puedes encontrarte si te da por hacer buceo o snorkelling. Incluso te han paseado en moto por las carreteras de la isla, todo en alta definición y con una banda sonora sugerente.

Por supuesto, has leído todos los reviews de los alojamientos que estás barajando, hasta hacerte una idea de por qué el que tiene tan buena pinta solo tiene un 6 de valoración y, en cambio, el resort en teoría menos lujoso y mucho más barato se valora con un 8,4. Si te queda alguna duda, has publicado algún mensaje en el foro de Tripadvisor, donde has dado lugar a un animado debate sobre qué complejo es más adecuado para una estancia en pareja, si Sandy Beach o Sunset Resort. Y, ya que estabas, has aprovechado la misma web para hacerte una idea de los mejores restaurantes de la isla, incluido ese garito de pescadores que sirve el mejor marisco de la isla y donde sorprenderás a tu pareja con unas frases al camarero en el idioma local

 

Ranking de actividades en la isla de Ko Chang, con opiniones de usuarios

¿Te suena de algo? A mí sí. Siguiendo cuatro reglas básicas de la investigación turística en internet, he acertado con hoteles en Kuala Lumpur, apartamentos en los Dolomitas, templos en Chiang Mai, estaciones de esquí en la Alta Saboya, museos en Munich, visitas guiadas en Copenhague, carreras de montaña en Suiza y atracciones infantiles en Palma de Mallorca. Una y otra vez, he encontrado lo que buscaba, para el disfrute mío y de los que me rodeaban.

Tú no nos engañas. Has estado aquí antes ¿verdad? —Me han dicho, de broma, después de una comilona en un restaurante “con encanto” en Sao Martinho do Porto, Portugal.

No obstante, diría que, después de otro viaje exitoso, queda como un regusto amargo. Miento: ni amargo ni dulce; simplemente, no queda regusto. Es como una cerveza que se solía vender en Canadá en los años noventa utilizando el slogan de “no aftertaste”. Sí, el viaje ha estado bien, pero….nada memorable. No, no me han timado: he pagado lo justo en cada momento y por cada servicio. Me he asegurado siempre la mejor relación calidad-precio, pero…no he vivido nada de lo que me vaya acordar dentro de diez años.

No es como aquellos días absurdos en Odessa (Ucrania) en el 96, alojados en un hotel infestado de cucarachas, vigilados a cada paso por la mafia local. Ni tampoco cuando, perdido en un pueblito de Maine, después de 23 días caminando por los Apalaches, los habituales del bar de carretera me invitaron a la segunda pinta (“por ser canadiense” (sic)) y me ayudaron a hacer el cartel que me ayudaría a llegar a casa haciendo autoestop. Ni mucho menos como cuando Walter nos condujo al francés Louis y a mí de Salta a Tucumán en su deportivo blanco, aleccionándonos sobre la importancia de salir por patas del hotel antes de que tu compañera de noche abra la los ojos y, sobre todo, la boca.

No: en el mejor de los casos puedo confirmar las casi cinco estrellas del review del destino en Tripadvisor.

¿Será que me estoy haciendo mayor y ya he visto demasiado?

Ruinas Quilmes, en el camino de Salta a Tucumán

Está claro que cada uno viaja como quiere (y puede). Si buscamos la eficiencia, la era tecnológica y de la interconectividad es un regalo. Pero ¿y si viajamos con un cierto ansia de descubrimiento, de sorpresa, de reafirmar la creencia de que el mundo sigue siendo un lugar grande y diverso? ¿Y si somos de los que hemos vivido momentos epifánicos —sí, de esos que han pasado a formar parte de nuestra particular mitología vital— viajando pero, sobre todo, siendo sorprendidos por el viaje? Y si, a pesar de nuestras limitaciones, aún pretendemos sentirnos Ulises navegando por el Egeo, Hernán Cortés descubriendo el Pacífico, o Sal Paradise de fiesta por el Mid-West?

¿Cómo, entonces, recuperar esa ilusión primigenia por el viaje en la época del preview y el reviewYo, a siguiendo el método prueba-error, he dado con las siguientes tres maneras:

Una: Despacito, despacito. (Sí, como dice la infumable canción). No te obsesiones con programar muchos destinos en pocas fechas. Al final las “visitas obligadas” se acaban pareciendo demasiado entre ellas: están llenas de gente que, como tú, se siente en la obligación de visitarlas y de que conste: Been there, done that, took the selfie. Mejor, concédete la libertad de quedarte en un sitio más tiempo del previsto. No te prives de mañanas o tardes en las que no haces nada; simplemente te sientas en un café a ver la vida pasar o tomar apuntes, si te gusta escribir. O a ordenar las fotos que has tomado.

En la medida de lo posible, no reserves todos tus alojamientos con demasiada antelación. (Esto no siempre es posible, sobre todo en países caros). Déjate flexibilidad para enamorarte de una ciudad o de una persona.

Que no te importe ser raro. Coge el tren lento: el que llena la gente local, el que te permitirá saborear el paisaje y preguntarte que demonios son las golosinas que estás comprando a bordo. Alquílate una bici, incluso si lo que luce en Instagram es alquilar moto. Camina a pesar del calor o del frío. Estarás más cerca de la vida que pasa ante ti, y sus sorpresas te pillarán menos distraído.

En Chiang Mai, Tailandia, la atracción número 1 es el templo Doi Suthep, situado en la cima de la montaña del mismo nombre, y donde normalmente se sube en tuk-tuk. Pues yo tomé la pésima decisión de tratar de subir en una ecológica combinación de bicicleta y senderismo que resultó ser todo una odisea. Primero, porque negociar el laberinto de calles cortadas, zoo y campus universitario a las faldas de Suthep me supuso dos horas de bici en lugar de los veinte minutos previstos. Segundo, porque el sendero ya partía desde una cierta altura, a la que llegué empapado en sudor.  Sí, soy un farang (occidental) gilipollas, les decía con mi sonrisa a los lugareños que me veían retorcerme a lomos de mi modesta bici de alquiler, superando otra interminable curva de herradura.

Después de unos 20 minutos de marcha llegué al bellísimo Wat Pha Lat, un templo tranquilo y recogido en medio de una exuberante vegetación. Allí había más monjes que turistas y, sorprendentemente, no había ni tienda de souvenirs ni de bebidas.  Qué pena, recuerdo pensar, socarrón: aquí lo único que puedo hacer es meditar entre las estatuas  y esperar a que el Buddha me diga algo.

Dos: Escucha a los autóctonos. Claro que es divertido viajar en grupo o conocer backpackers con los que tomarse unas cervezas, pero igual eso viene a ser como hacer lo que hacemos en casa pero con un decorado diferente. Son gente que habla y piensa como nosotros, cuyos mundos se solapan sospechosamente con el nuestro.

Escuchar a los autóctonos nos da una perspectiva sobre cómo se vive realmente en esa cultura: cómo se aprovecha el tiempo libre, como se vive el trabajo o qué perspectiva se tiene sobre los turistas. Nos hace cuestionar nuestros propios modos de vida, e imaginarnos como seríamos de haber crecido en otras circunstancias. Además, nos permitirá conocer pueblos y barrios diferentes (los verdaderos “off the beaten track” de los que hablan las guías de viaje); lugares que seguramente no merecerá la pena filmar para youtube, pero que quedarán guardados en nuestra memoria en HD.

He estado incontables veces en Francia, pero nunca me he sentido tan francés como cuando Patrick, jubilado de Marseille, me invito al apéritif en el modesto camping de montaña en el que estábamos.

—Sí, sí: yo puedo aportar cerveza y patatas fritas —improvisé.

Pero él no se refería a eso.

Non, non…. l’apéritif….!

Y entonces, sacando hielo misteriosamente guardado en el maletera de su coche, me introdujo en los misterios del pastis, esa bebida que llevaba años viendo consumirse en bares de todo el país sin saber cuando, cómo o porqué. (También, dicho sea de paso, me introdujo en los misterios de como, cuando o porqué alguien en su sano juicio puede votar por el Frente Nacional francés.)

 

Tres: Prueba a viajar unplugged. Yo no lo he conseguido del todo, pero creo que merece la pena no estar tan pendiente de compartir nuestras experiencias en las redes al instante. Que, por cierto, es otra experiencia tan convergente como la de los reviews: yo publico la imagen bonita en el lugar chulo, tú le das al like o corazoncito de turno y declaras que la envidia te corroe. Rara vez se comparte ese momento epifánico en el que te das cuenta, de verdad, de que la mitad de las cosas que haces en tu vida diaria son auténticas gilipolleces, o cuando por fin echas de menos como se merece a quien se fue de tu vida. No: creo que, para que un viaje se convierta en relato, más que documentarlo casi en tiempo real, hay que “dejarlo reposar” en nuestro interior.

Viajar unplugged no es ir sin móvil, que queda muy auténtico pero es poco práctico. Es, más bien, desconectarnos de las reviews, de la tiranía del great value o  relación calidad-precio y, en general, del del vicio occidental de ver el viaje como una inversión de la que se esperan beneficios tangibles y a corto plazo.

Creo que los grandes viajeros toman a menudo decisiones pésimas. Gastan demasiado dinero —o demasiado poco— y pasan por una pueblo o ciudad sin encontrar tiempo para ver su atracción principal, ese incontournable. Pero, a cambio, se mantienen atentos a los lugares que visitan, y a veces tienen la suerte de que algo o alguien en esas ciudades, espacios naturales o medios de transporte llegue a resonar de forma auténtica en su interior, pasando a formar parte de ellos.

Para eso viajamos algunos ¿no?

Solo en Buenos Aires

El evento que voy a describir tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires —seguramente la ciudad más literaria del mundo de habla hispana— algunos días antes o después del 11 de septiembre de 2011. Tomaba café y medialunas en una cafetería situada en la Avenida de las Heras, en el barrio de la Recoleta, a sugerencia de mi guía de viaje: Lonely Planet, creo recordar, que llevaba envuelta en papel de periódico para no atraer la atención de algún indeseable en aquellos tiempos de pobreza pre-corralito, de personas de toda condición pidiendo ayudas económicas y de la ridícula paridad peso-dólar que hacía del café con dulces poco menos que un lujo burgués.

cafe buenos aires

Por aquellos tiempos quería ser escritor. Por eso, mientras recorría los barrios porteños —Recoleta, Palermo, Retiro, La Boca, otra vez Palermo— solía alternar la lectura de cuentos de Cortázar y Onetti con una biografía de Jorge Luis Borges, en concreto, la de María Esther Vázquez. (Sí: Borges: Esplendor y derrota, me asegura una rápida búsqueda en Google.) En ella, al cabo de unos capítulos, se detallaba su relación con María Kodama —última de sus mujeres— y se daba cuenta de cómo dicha relación había provocado un progresivo distanciamiento de sus otros seres queridos, incluida la autora de la obra. La lectura dejaba un cierto regusto amargo: Vaya bicho esta Kodama.

Mientras daba otro sorbito al café —despacio, despacio, para que me cundieran los pesos invertidos— mis ojos repararon en la mesa que tenía a un lado, donde conversaban una señora de voz aguda y casi molesta y un caballero canoso y barbudo y de muy anchas espaldas que me tapaban el rostro de ella. Con la fuerza de lo inevitable atrajo en ese momento mi atención un gran sobre amarillo que reposaba contra el respaldo de la silla libre al lado de ella; rezaba, manuscrita, la siguiente inscripción: SRA. MARIA KODAMA, e, intercalado entre otros caracteres que no pude distinguir, un título: HOMENAJE A BEATRIZ VITERBO.

Naturalmente,  se me encendieron todas las alarmas. ¿Beatriz Viterbo? Pero si era…sí, el personaje del cuento El Aleph, de Borges. ¿Qué es eso de hacerle un homenaje a un personaje de un cuento? ¿No sería otro cuento?  Y…¿MARÍA KODAMA? ¿El demonio del libro que tenía en las manos?

No recuerdo muy bien lo que sentí aquel momento, pero sí que me puse en guardia, aún manteniendo la compostura, esperando mi momento de descubrir el rostro de la señora de la voz aguda. Hasta que, por fin, el señor de las espaldas anchas se echó a un lado, o, tal vez, se excusó para acudir al servicio de caballeros.

Poco después, en términos bastante cursis —como casi todos los novatos que tratan de imitar a Borges—  describí a aquella mujer en mi cuaderno:  su cabello largo, liso y canoso, partido por el medio por una raya rectísima; los ojos, grandes y orientales, que daban vida a un rostro chupado, algo arrugado. Pero, sobre todo, me vino a la memoria esa otra asiática demonizada, Yoko Ono, pesadilla de casi cualquier Beatlemaníaco; mía, desde luego.

Ya en casa, la comprobación en Google (o Altavista, o el buscador que usara en aquellos tiempos) fue casi redundante. Claro que era ella, María Kodama. Había saltado de las páginas del libro que sujetaba a la vida real, se había sentado casi a mi lado en una cafetería icónica del Barrio de la Recoleta para, tal vez, planificar un homenaje a un personaje de un cuento de su difunto marido, a la sazón el cuentista más grande de la literatura escrita en español.

Así pasó, o así lo recuerdo.

 

borges y kodama

Platos sucios

Hacía las cosas pensando en quitárselas de encima, como quien gestiona la pila de platos sucios que se acumulan en el fregadero. Algún día terminaría y, por fin, tendría tiempo para…

—¡A la mierda!— grito ella, desde la cocina.

Cuando se acercó, la descubrió lanzando platos sucios a diestro y siniestro, como de un frisbee se tratara. El estruendo de la vajilla rota se entremezclaba con sus carcajadas histéricas.

Sin perder la compostura, le pidió silencio con un gesto.

—Por favor —le rogó cuando por fin se calmó—: si no te importa, tira los platos sucios en este lado de la cocina, y los limpios en éste otro…

Casero, casero

Junto a la feliz frase de “ser” de tal o cual marca, otra de las prácticas del lenguaje publicitario que pone a mis menguantes neuronas firmes y en tensión es la machaconería en el uso del término “casero” para referirse a, ejem…¡todo lo contrario!

Magdalenas caseras, bizcocho casero y, cómo no, el caldo que anuncia el inefable Pedro Piqueras que no solo es casero, sino, casero, casero. O sea: casero de verdad, no como esos fakes que provienen de mundos casi tan malévolos como el de la bollería industrial.

Joder, Pedro, Joder. ¿A quién intentáis engañar?  Un caldo que tiene su origen en un polígono industrial como otro cualquiera —con su tráfico, sus nieblas invernales y su peste a azufre y gasolina— no puede ser casero.

Como casi todo en publicidad, se trata de un juego de connotaciones. Y el caldo casero nos remonta a los sábados de invierno; sí, aquellos en los que, después de un partido de fútbol sobre un campo de tierra embarrado —los niños de antes no jugábamos en alfombras sintéticas— llegábamos a casa tiritando, entrábamos en la cocina y encontrábamos a nuestra madre terminando de preparar…tachán tachán… un caldo casero. Mmmm, lo probamos furtivamente, antes de ser enviados a la ducha.

Pero no: yo no quiero un caldo casero, al menos en ausencia de mi madre o, en su defecto, mi abuela. ¿Habéis probado a hacer caldo alguna vez? Yo tuve una fase: sí, claro que quiero los huesos, le decía al pollero, todo orgulloso. Y luego ponerme a cocer, a embadurnar cacerolas, a colar la grasa…(¿y qué hago ahora con esto?) y, cómo no….a fregar. Todo para poder degustar un producto lleno de grumos y que se acaba volviendo verde en un rincón olvidado de mi nevera.

Paso. Yo quiero que el caldo que compro venga bien envasado en un brik, haya pasado todos los controles sanitarios, no tenga grumos ni tropezones y, si es posible, sea sabroso.

Dicho lo cual, lo siento, Pedro, pero me temo que el caldo Aneto le da mil vueltas al vuestro. Aunque sea solo….casero. 

 

La tiranía del sustantivo

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Uno de los efectos colaterales de manejar dos lengua diferentes a diario es la inevitable tendencia a compararlas. Y últimamente me ha dado por fijarme en la querencia que muestra el castellano —mi lengua materna— hacia el uso del sustantivo. Se me ocurren, entre muchos otros, los siguientes ejemplos:

Para su tramitación

De utilidad

De vuestro interés

No tengo disponibilidad

A la mayor brevedad

Impartir docencia

Tengo la esperanza de que

Tomar/quitar la palabra

La verdad es que, comparado con el inglés, tales usos del castellano me impactan por su innecesaria pesadez. Y me cuesta no imaginarme un pequeño click de playmobil con barba de tres días y aspecto fatigado transportando pesados bloques multicolor en su mano articulada. ¡Tengo disponibilidad, mira! ¿Quieres un trozo de mi docencia? ¡Toma la palabra; haz uso de ella sabiamente!

¿Por qué cosificar las acciones, los sentimientos, los estados de ánimo? ¿Cuál es la agenda oculta?

He preguntado a gente juiciosa el porqué de estos usos. Unos me sugieren que se trata de una forma a través de la cual el hablante pone distancia con lo declarado, quitándose responsabilidad. No tener disponibilidad viene a ser como no tener un buen día. También puede ser que sea un intento de formalidad, a mi juicio, artificial. Como si que algo fuera “de interés” lo hiciera eo ipso más “profesional” que decir que es, meramente, “interesante”.

No sé. Debo reconocer que en esto envidio al inglés, con sus palabras más plásticas, vivas y personales; con esos sustantivos hechos verbo (“to market”, “to Google”, “to showcase”), esos verbos disfrazados de sustantivo (“marketing”, “branding”, “teaching”) y esos adjetivos y adverbios tan directos (“shortly”, “promptly”, “available”).

No beating about the bush, vamos.

Cuando habla inglés, el click de playmobil sigue teniendo aspecto fatigado y barba de tres días. Pero ahora es él el de aspecto multicolor, y el fardo que lleva se ha reducido considerablemente.

La escucha

Recorría a pie el fondo del valle de Véneon, en el Macizo de los Ecrins, por un sendero que bordeaba el torrente del mismo nombre. Un flujo de agua poderoso, incesante, omnipresente. Después de diez horas de marcha, me faltaban apenas tres kilómetros para llegar a mi destino: ducha, cambio de ropa y una cerveza. Me dolían los pies.

Para agilizar la marcha, me puse los auriculares y el ritmo de la música me hizo caminar con más alegría. Una música rítmica, —no recuerdo si ska jamaicano o hip-hop— que me hacía acompasar mi bastoneo con el ritmo de cada canción. Mientras, mi cabeza proyectaba. Estaré en el camping en veinte minutos, calculé, mientras superaba otro repecho. Mi duda era si acercarme a la tienda local a por provisiones antes o después de la ducha.

Saliendo a un claro en el bosque, instintivamente eché mano a mis gafas de sol, que solía llevar sobre la gorra en tramos de sombra o menos luz. Coño, las gafas: habían desaparecido. Se me habían caído por el camino, y lo peor es que recordaba cuando: me había fijado en una mancha de crema solar en la parte interior de la visera de mi gorra, y me la había quitado para inspeccionarla. Fue en ese momento cuando las gafas debieron salir volando. Idiota.

Dudé si deshacer mis pasos o no. La probabilidad de encontrarlas era prácticamente nula: estarían enterradas en la hierba alta, o camufladas en algún arbusto. Pero luego imaginé la alternativa: o cuatro días en la montaña sin gafas de sol —ceguera asegurada— o tener que pagar una pequeña fortuna por alguno de los modelos vendidos en el modesto ultramarinos más tienda de souvenirs del pueblo.

Desconecté el mp3. Me sorprendió oír de nuevo el rugido del torrente, verdadera banda sonora de mis días por aquellas montañas. Decidí probar suerte. Sin embargo, mientras deshacía el camino andado, me iba dando cuenta de la dificultad de mi tarea. La hierba alta flanqueaba ambos lados del camino y, salvo que las gafas hubieran caído sobre el mismo sendero, difícilmente las encontraría. Aún así, decidí aplicar algo de método a mi búsqueda. Mientras bajaba, peinaría el lado derecho y, cuando por fin me diera la vuelta, repetiría el proceso con el izquierdo.

Me crucé con un senderista. No, no había visto ningunas gafas. Fue poco después cuando, casi por rutina, probé una vieja argucia.

—Dios, ayúdame a encontrarlas —dije, en voz alta.

Fue simple. A los pocos minutos mis gafas aparecieron en mitad del sendero. La sonrisa no me cabía en la cara. Reí a carcajadas.

Capullo,  recé. ¿Que quieres a cambio? ¿Que deje las apuestas deportivas, tal vez? ¿Qué me apunte el gimnasio? ¿Qué me deje de ver con…?

Traté de escuchar. No, Dios no parecía querer nada en concreto. Sentía el latir acelerado de mi corazón, que amenazaba con salirse del pecho, pero lo único que oía era el estruendo monótono del torrente.

Eso quiero, gilipollas, entendí. Que escuches. He creado todo esto para que tu lo vivas aquí y ahora, y tú estás a otra cosa. Deja la música para la ciudad.

Recordé entonces una palabras de Matt Kirk en sus memorias del Appalachian Trail, después de haber perdido media tarde en un sendero erróneo por haber andado distraído:

To move lightly on the land, to leave no trace…and to listen the first time.

Mis pies me dolían cada vez más, pero me sentía ligero y feliz con cada pensamiento que conseguía silenciar.  Era maravilloso estar aquí, ahora, en el corazón del Massif des Écrins.

Realmente, la única tarea urgente era la de no perderse el ruido del torrente.

Arma de destrucción masiva

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Una de las macabras ironías del amor entre dos personas es la inagotable capacidad de hacerse daño mutuamente.

Le amenazo con mi indiferencia. Sin romper el silencio, miro al vacío y pongo cara de vale, ¿cuándo termina esto? Quiero sacar un rato para ir al gimnasio antes de que cierre.

Sé que le jode. Pero también que es la única manera de mantener a raya el torrente de verborrea emocional que sale de su boca, y que amenaza con arrastrarme. Otra vez.

Claro que a ella le queda una última oportunidad, y lo sabe. O no. Pero es el arma definitiva e, injustamente, es suya y no mía. Un arma ante la que no tengo defensa.

La veo venir. Le precede una brevísima mueca: fea, patética, tierna como su cuerpo desnudo al salir de la ducha.

Y comienza a llorar.

Filtros

filtros

—¿Qué filtro te mola más?

Muerte sonrió, educada pero incómoda.

Hace no tantos años, pensaba con nostalgia, Paco se habría postrado ante ella, aterrado, suplicando una prórroga. ¿Por qué a mí? Tengo mujer e hijos pequeños…¡Soy demasiado joven para morir!

Qué va. Ahora le pedía que apareciera con él en un selfi…con palo y todo.

—Eeeeeeeeh ¿éste? —apuntó por fin, distraída.

—Tienes buen gusto —reconoció él, sin dejar de teclear—: filtro en blanco y negro, muy vintaaaash, como tú. A veeeeeer, que pongo el hashtaaaaag…ya está: compartida. Bueno guapa….yo ya estoy preparado así que….cuando quieras.

Muerte cada vez comprendía menos. Ahora, con las redes sociales, morirse ya no era para tanto. Al revés, ahora molaba morirse. Y no solo para los herederos de Jimmy Dean o Kurt Cobain; también para el más común de los mortales —para Paco— que ahora repasaba las últimas fotos compartidas con el hashtag #muertemolona.

Pobre muerte. Lejos de aterrar, se había convertido en la actriz secundaria más solicitada. Inmortal, tal vez, pero sin el punch de antaño: Muerte se sentía mayor.

—Espera, Paco —dijo, fingiendo firmeza—: pon el filtro de belleza. Seguro que me puedes quitar unos añitos ¿verdad?

La maldición de las alarmas

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Solo cuando te fuiste descubrí que el apartamento estaba lleno de alarmas que sonaban a cualquier hora y desde cualquier lugar.

Despertadores, cronómetros, relojes que había dado por perdidos, gadgets insospechados. También electrodomésticos, televisiones, aires acondicionados. (¿Para qué demonios necesita una alarma un aparato de aire acondicionado? me preguntaba, mientras toqueteaba el mando del aparato, tratando de silenciarlo.)

Quería desactivarlas del todo, pero siempre había otra alarma que sonaba apenas unos minutos después. Y otra más. Como si, puntualmente, me quisieran recordar tu ausencia.

(¿Y antes? ¿Por qué no fui capaz de oírlas? ¿Me querían decir algo?)

Igual me da. Tú ya no estás y no tiene pinta de que jamás consiga que este coro de alarmas desincronizadas deje de sonar.

atado al mástil

atado-al-mastil

Fue justo cuando me ofreció ser amigos con derecho a roce que me convencí de que su amor por mí le había convertido en gilipollas, y que era el momento de apartarme de ella.

Claro que el decorado no ayudaba: me acababa de servir una segunda copa de un excelente Beaujolais mientras el saxo de Charlie Parker empapaba el salón de su casa de promesas irrealizables. Estábamos sentados sobre la alfombra, la espalda apoyada contra el sofá. Planificábamos viajes imposibles, como la primera vez. Ella disimulaba sus ojos inmensos; yo apenas conseguía distraerme de mi incipiente erección.

En un momento de claridad, recordé a Ulises protegiéndose del canto de las sirenas. Claro que le atraían, joder, pero su vida era el viaje y, total, Penélope le esperaba en casa.

En esos pensamientos estaba cuando descubrí, sobre la mesa baja del salón, una tela azul marino sobre otra blanca, y dos agujas reposando a su lado.

—¿Y eso? —pregunté.

—Ah…es que he empezado a tejer…—contestó mi sirena, apenas conteniendo una risa nerviosa— ¿No te lo había dicho?

—No….¿Y qué tejes?

—Nada, la verdad….Sigo el patrón de un jersey de hombre, de tipo náutico…pero en realidad cada dos o tres días empiezo de nuevo, jaja.

—Pero…

—Sí, lo utilizo como técnica de mindfulness, para la concentración y eso, ya sabes…

¿Penélope?

Intoxicado por el Beaujolais, el jazz y la ineluctable confusión del momento, fui Ulises hasta pasarle la mano por la cintura, sujetarle la barbilla y forzarle a absorber mi voluntad en su mirada, a no dejarme elegir.

—Átame al mástil— murmuré.

Sus ojos fingieron sorpresa, pero aún y con eso hizo todo lo necesario para protegerme de las sirenas.